CARLOTA, LA DEL JARDÍN DE BÉLGICA: AGUILA BICÉFALA
Por Maricruz Jiménez
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Saúl Gurrola y Manuel Stephens
Coreografía: Carlota, la del jadrín de Bélgica
Compañía: Oscar Ruvalcaba, Cía.
Teatro de la Danza, Ciudad de México, agosto de 2006
Foto: Ricardo Ramírez Arriola/escenica7 |
Óscar Ruvalcaba suele encontrar material de inspiración para sus coreografías en las biografías de mujeres fascinantes, que han construido su propio mito en el imaginario colectivo.
Como figuras centrales, por ejemplo en La divina o Maria Callas in Memoriam, o a través de personajes forjados en el seno literario, como lo que hizo en Tarde en Mogador, Ruvalcaba ha mostrado en escena su fascinación por estas heroínas.
Ruvalcaba, coreógrafo nacido en Teocaltiche, Jalisco, trajo nuevamente al público uno de los espectáculos inspirados en esta generosa veta: Carlota, la del Jardín de Bélgica, espectáculo que estrenó hace algunos años y que en su versión más reciente muestra sus luminosos hallazgos.
Carlota, la del Jardín de Bélgica comprueba una vez más que la vida de todo espectáculo escénico no sólo inicia después del estreno, sino que el tiempo es su principal aliado, cuando lo que se busca en él es la continuidad de una pasión.
Acompañado por la Primera Bailarina de la Compañía Nacional de Danza (CND) del INBA Laura Morelos, en el papel de la emperatriz Carlota, y bailarines y coreógrafos de danza contemporánea como Edgar Robles, Manuel Stephens, Marco Santana y el mismo Oscar Ruvalcaba, el coreógrafo ofrece una visión muy interesante, desde la danza, de lo que ha sido para la historia mexicana el episodio del Segundo Imperio Mexicano.
El lugar de privilegio para este tema ha sido la escritura, las diversas novelas y textos históricos recreando, explicando o construyendo una ficción --sobre los cuales descansa la controvertida personalidad de Carlota, emperatriz de México y las Américas-- son diversos y ricos en enfoques y debates.
Nombres más y ríos de tinta, desde Rodolfo Usigli, hasta Carlos Fuentes, Fernando del Paso o José Emilio Pacheco, han bordado su visión sobre la leyenda, pues María Carlota Amelia de Bélgica pasó a la posteridad portando el aura de la heroína romántica del siglo XIX, que le arrebató a la ficción la realidad de su propia biografía.
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Laura Morelos
Coreografía: Carlota, la del jadrín de Bélgica
Compañía: Oscar Ruvalcaba, Cía.
Teatro de la Danza, Ciudad de México, agosto de 2006
Foto: Ricardo Ramírez Arriola/escenica7 |
Sola con su amor por Maximiliano de Habsburgo, la Carlota de Oscar Ruvalcaba es algo más que una pregunta en el tiempo. Lejana de los estereotipos que la ubican como la loca, enamorada, víctima o mártir del momento que le tocó vivir, la Carlota de Ruvalcaba es una suma complejísima de signos que la ubican como la síntesis capaz de reflejar a una nación en busca de su propia identidad.
El reto de Ruvalcaba como coreógrafo no ha sido menor, sobre todo si el género que escogió para llevar a escena sus inquietudes es el vodevil, recuperando su génesis dancística como espectáculo total y la fuerza incendiaria de su crítica.
Ruvalcaba planteó así su espectáculo: “En 15 escenas, ordenadas de acuerdo con los principios del vodevil, se exploran el contraste y la tensión entre las fuerzas que suscitaron el desgarramiento de la Emperatriz: el despotismo ilustrado de su educación europea, el feroz caos republicano del México en construcción del siglo XIX y la indiferencia hacia su predicamento por la Europa en vías de industrialización”.
El coreógrafo “confronta estos planteamientos en un espacio teatral cercano al cabaret dadaísta de la primera posguerra del siglo XX, lugar donde se rompen los corsés de la cultura teatral-artística occidental y nace el arte contemporáneo: lugar muy similar al México de hoy, en donde se amalgaman y modifican, a veces armoniosamente y otras con violencia, la cultura europea y la indígena para crear una nueva forma de percepción, un mestizaje espiritual entre la razón y la magia”.
Ruvalcaba responde con gran rigor a su intención estética --ambicioso objetivo que funde historia y presente, a través de la personalidad de Carlota— y formula una danza que en momentos traduce la visión histórica y en otros explora el paisaje interno de la heroína.
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Oscar Ruvalcaba Pérez y Edgar Robles
Coreografía: Carlota, la del jadrín de Bélgica
Compañía: Oscar Ruvalcaba, Cía.
Teatro de la Danza, Ciudad de México, agosto de 2006
Foto: Ricardo Ramírez Arriola/escenica7 |
Travestidos los personajes masculinos, para que en la ambigüedad de su signo construyan una transparencia propia, estos bailarines encarnan los laberintos de Carlota, la emperatriz, y ella es una presencia que redimensiona, desde su fragilidad, belleza y pureza, toda resistencia ante la hostilidad e intolerancia del mundo masculino.
La Carlota de Ruvalcaba es ante todo un emblema y una respuesta a un tiempo de transiciones, donde la fuerza de los más débiles radica en su diferencia; como ella misma lo afirma en la novela de del Paso: “No soy un apunte marginal en la historia”. Y no lo fueron ni ella ni Maximiliano, pues en ambos cabía la paradoja de ese siglo: anhelaban una monarquía liberal.
Ruvalcaba aborda este dilema desde los personajes masculinos, que --como en las películas de Pasolini o de Visconti-- encuentran en la ambigüedad de su travestismo, las facetas más siniestras y luminosas del ser humano. Son reflejo y detonador, un coro –como en las tragedias griegas--, que revela la conciencia de una colectividad, de los mecanismos que fraguan cualquier poder totalitario.
La música juega un papel central, pues en ella hay homenajes y atmósferas, corolario de un discurso que revela la génesis del espectáculo, por eso, están presentes desde las canciones que cantó la Alemania nazi, en oposición a la música crítica y libertaria de Kurt Weil, que acompañó al teatro beligerante de Bertolt Brecht, tanto como la melancólica y mexicanísima “Dios nunca muere”. Caleidoscopio de imágenes y visiones, que en este universo coreográfico integran otra interpretación de la cabeza de un águila bicéfala: mexicana y europea.
En Carlota, la del Jardín de Bélgica participan: Laura Morelos, Edgar Robles, Manuel Stephens, Saúl Gurrola, Marcos Santana, Eduardo Peláez, Héctor León, Hugo Molina, Leonardo Schwartz, Jesús Salinas y Oscar Ruvalcaba Pérez. La primera versión de este espectáculo fue estrenada en 2003.
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