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Elena Poniatowska
Foto: ©Ricardo Ramírez Arriola / www.escenica7.com

PONIATOWSKA EN CHINA: EL PAJARO DE LA LITERATURA MEXICANA
Por Edgardo Bermejo Mora

 

A principios de 2003, tras haber obtenido el premio Internacional Alfaguara de Novela, se tradujo y publicó en China la novela La Piel del Cielo de la Maestra Elena Poniatowska, que esta tarde nos acompaña en la primera ocasión en que visita China.

La novela fue traducida por Zhang Guangsen, y editada por la Editorial del Pueblo en su colección de narrativa extranjera contemporánea. Para presentar a la maestra Poniatowska quisiera primero hacer un breve recuento de la literatura mexicana en China ¿Cuál es el contexto en China para  nuestra literatura tras la publicación en 2003 de la novela La Piel del Cielo?

En este momento se pueden conseguir en algunas librerías de China por lo menos cinco títulos de cuatro autores  mexicanos: La piel del Cielo, de la maestra Poniatowska; Los Años con Laura Díaz, de Carlos  Fuentes;  La Vida Conyugal, y El arte la Fuga de  Sergio Pitol;  y Mujeres de Ojos Grandes, de Angeles  Mastretta.

Es interesante observar que especialmente la novela de Fuentes y el libro de la maestra Poniatowska aparecen como dos grandes murales del siglo XX mexicano y son dos recorridos intensivos por la historia y la cultura de nuestro país.

Esperamos además la próxima publicación de dos volúmenes de obras escogidas de Paz y la aparición  al mandarín de En Busca de Klingsor de Jorge Volpi, cuya traducción ya esta muy avanzada, mientras que en revistas literarias se tradujeron en los últimos años cuentos de Juan Villoro, Carmen Boullosa, Sergio Pitol  y Carlos Fuentes.

Hablamos de entre siete y ocho traducciones importantes en los últimos años, que no es una mala cifra, sin consideramos por otra parte que es mucho menos lo que en México conocemos traducido al español de la literatura china contemporánea.

Anteriormente se tradujeron y publicaron entres 15 y 20 títulos mexicanos, según nuestras estimaciones,  pero en su mayoría ello ocurrió antes de 1992, que fue cuando China ingresó al sistema internacional de derechos de autor. En todos los casos son ediciones que ya no circulan, a pesar de que se trata en su mayor parte de autores centrales de nuestra literatura: Juan Rulfo (Pedro Páramo y El llano en llamas);Carlos Fuentes Fuentes (La región mas transparente, La muerte de Artemio CruzGringo Viejo) Mariano Azuela (Los de Abajo), Ricardo Pozas (Juan Pérez Jolote), Miguel León Portilla (La visión de los vencidos), Fernando del Paso (Noticias del Imperio), y Octavio Paz (diversas selecciones antológicas de poesía y ensayo).

Muchas de ellas merecerían sin duda una reedición. Pensaría que especialmente Rulfo ha sido leído y ha ejercido influencia en algunos escritores chinos como ellos mismos lo han declaro: Yu Hua, autor de la celebre novela Vivir, y Wang Meng,  (una selección de sus relatos fue traducido en México por el Colegio de México).

Ahora mismo hemos impulsado con el apoyo de becas del gobierno mexicano a estudiantes chinos que actualmente se encuentran en México, el estudio y la traducción de otros autores emblemáticos, entre ellos una antología de Alfonso Reyes que nunca se ha traducido al chino, y traducciones de Juan José  Arreola (Confabulario), Elena Garro (Los recuerdos del porvenir), Martín Luis  Guzmán (La sombra del Caudillo), Rafael Bernal (El complot Mongoll) y  Carlos Fuentes (Aura). Otra buena noticia:   Zhan Ling, la traductora de Mastreta, ahora intenta traducir a Juan García Ponce, sobre una selección de textos propuestos por esta Embajada.

Uno de los autores más temprano que se tradujeron y publicaron en China fue Ermilo Abreu Gómez y su singular  libro Canek, y lo recuerdo  aquí porque precisamente, don Ermilo fue uno de los primeros en intuir la importancia de la obra de Elena Poniatowska, cuando a finales de los años sesenta apareció en México la que desde mi punto de vista sigue siendo al mismo tiempo la obra central y pionera en la vasta  cartografía literaria de la maestra Poniatowska y que es su novela Hasta no verte Jesús Mío.

El libro se publico en 1969 y al cabo de casi cuatro décadas de circular  se ha establecido claramente como uno de los  títulos centrales de la literatura mexicana contemporánea.  La novela, dotada de una estructura de  gran originalidad, pero sobre todo de una  enorme fuerza narrativa que recrea el habla y la imaginería popular hasta el límite de lo posible, narra la vida y avatares de doña Jesusa Palancares, una mexicana de carne y hueso, cuyo testimonio de vida contado en primera persona es una viaje profundo –diríase también  histórico, antropológico pero no por ello menos literario, al vasto territorio de México y de lo mexicano. La vida de su personaje resume al país, de la misma manera que su modo de hablar y de recordar son parte ya de la memoria colectiva del siglo XX mexicano.

En aquel entonces el maestro Abreu Gómez escribió sobre la joven autora: “Elena es un milagro literario. Tres condiciones se concentran en su obra, a saber: el dominio del idioma –castellano y mexicanismo-; el manejo frecuente de la imagen poética, y un sentido, casi endiablado e inocente, de la sátira y de la burla social. Es un acierto de la literatura moderna de México. No tiene antecedentes definidos ni conexiones paralelas. Viene, eso sí, de nuestra tierra”. En sus elogios, Abreu Gómez intuyó incluso el principio de un género y de una escuela literaria: Hasta no Verte Jesús Mío –escribió: “con los años será considerada como una obra maestra del realismo poético  de la literatura mexicana”.

Y es que  la maestra Poniatowska no sólo ha gozado de la atención y el interés  lo mismo de la critica especializada que de miles y miles de lectores en México y fuera de nuestro país,  sino que además puede preciarse con legítimo orgullo de haber recibido los más delicados y elaborados elogios de las figuras de mayor peso en el canon de la literatura mexicana.

Su primer libro, Lilus Kikus, un volumen de cuentos  publicado a la temprana edad de 22 años y reeditado 13 años después por la Universidad Veracruzana, recibió el privilegio insuperable de contar con un texto de presentación en contraportada del maestro  Juan Rulfo. El gran narrador del siglo XX y acaso el mexicano que más influencia ha ejercido en las letras contemporáneas alrededor del mundo, escribió: “este libro es mágico y está lleno de olas de mar o de amor como el tornasol que sólo se encuentra,  tan sólo, en los ojos de los niños”.

En 1954, el año que se publicó el primer libro de Elena Poniatowska, aparecía también el primer volumen de relatos de Carlos Fuentes, titulado: Los días enmascarados –algunos de cuyos cuentos de este volumen, por cierto, ya se han traducido al chino.

A lo largo de lo que ahora es más  medio siglo, ambos escritores  se dieron a la tara infatigable de expandir su universo literario e intelectual hasta convertirse en dos figuras emblemáticas de la cultura mexicana de nuestro tiempo.

Y cuando en 20001, en la cumbre de su madurez como escritora, Poniatowska  recibió el Premio Internacional Alfaguara de Novela, con  la novela La Piel del Cielo, Fuentes escribió un artículo memorable felicitando a su amiga Poniatowska,  a la que rebautizó doblemente  como “Alicia en el país de los testimonios”, o bien como “Sor Elena de la Cruz-y-Ficción”.

Lo cito en su elogio entrañable y atrevido: “Elena ha contribuido como pocos escritores a darle a la mujer un papel central, pero no  sacramental, en nuestra sociedad. (...) Nadie puede oscurecer el hecho de que Elena Poniatowska ha contribuido de manera poderosa a darle a las mujeres un sitio único. (...) No sólo feminista sino humano, incluyente. ´Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón´. La divisa de Sor Juana Inés de la Cruz no sólo es eco en Sor Elena de la Cruz-y Ficción,  es una abrazo, es una especie de compasión abarcante”.

Podría citar más celebraciones y comentarios a su obra lo mismo de escritores y críticos literarios,  que de sus amigos los periodistas, los artistas plásticos, los fotógrafos, los luchadores sociales, pero ellos nos llevaría mucho tiempo y sería volver sobre la misma evidencia: la de que nos encontramos, como dijera  el crítico mexicano Christopher Domínguez: “ante una escritora dotadísima, una renovadora del periodismo, una demócrata intransigente, cuya capacidad de trabajo y Gracia moral la convierten en un clásico vivo”.

De todos los elogios, me quedo sin embargo, con las palabras de Octavio Paz cuando el  periodista Braulio Peralta le pidió ubicar al personaje Elena Poniatowska en el mapa de la literatura mexicana:

“Pues bien –respondió el premio Nobel mexicano–  si uno está en un parque donde hay gente que pasea, niños que juegan, obreros que caminan, novios que se besan, gendarmes que vigilan; vendedores de esto y lo otro; hay enamorados; hay nodrizas; hay mamás y señoras viejas que tejen; hay vagos que leen el periódico, o que leen un libro, y hay pájaros... Bueno, pues Elena es eso, un pájaro en la  literatura mexicana”

Faltaría hablar de su travesía biográfica, que describe en la temprana infancia  un viaje fundacional desde Europa, su territorio de nacimiento, hasta México, el país que la acogió junto con su familia al inicio de la década de los cuarenta, sin dejar de mencionar por su puesto una temporada de estudios en un convento de Filadelfia y sus vínculos afectivos y formativos con los Estados Unidos.

Y faltaría explicar cómo esta condición cosmopolita y errante es al mismo tiempo el sello de marca de su obra y de su trayectoria intelelectual. Al igual que otros autores capitales de la literatura mexicana del siglo XX, la obra de Poniatowska ha contribuido a hacer de México y su cultura un territorio donde conviven y se funden lo particular y lo universal.

Faltaría además repasar sus afinidades generacionales y sus amistades, que ya forman parte también de la cultura mexicana del siglo XX; hablar de su participación con José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis, en los suplementos culturales que dirigió por varias décadas Fernando Benitez y que pusieron a la cultura de México en las fronteras de lo estrictamente contemporáneo; de su correspondencia entrañable e inteligencia con el  colombiano Alvaro Mutis; de su pertinencia a una generación de escritores que en el medio siglo mexicano apostaron por el rigor y la voluntad de estilo, hablo de Sergio Pitol, de Juan García Ponce, de Fernando del Paso y de Salvador Elizondo, entre otros autores que aparecen como cimas de una cordillera literaria, a la que pertenece con sus  coordenadas propias, la obra de la maestra Poniatowska.

Y faltaría a fin de cuentas hablar de su vastísima obra, de sus más 40 títulos entre los que el periodismo y la crónica,  ocupan un lugar no menos importante que el ensayo y la facción narrativa; de ese gran montaje textual sobre el que se edifica su crónica del movimiento estudiantil mexicano de 1968:  La Noche de Tlatelolco, otro libro central en el fichero de las letra mexicanas;  o bien de sus dos novelas de la plena madurez: Tínisima, un gran mural de las pasiones, los delirios y las intensidades del siglo XX, basada en la vida de la legendaria Tina Modotti, y por supuesto de La Piel del Cielo.

Pero reducir su vida y su obra a unos cuantos párrafos resultaría imposible, y prolongar aún más esta presentación, un pecado imperdonable. Mejor será entonces, que de una vez por toda le demos la bienvenida a la querida maestra Elena  Poniatowska.

TEXTO LEIDO EN LA PRESENTACIÓN EN CHINA DE LA ESCRITORIA MEXICANA ELENA PONIATOWSKA, EMBAJADA DE MEXICO, PEKÍN, 14 DE MARZO DE 2006

 

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