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El escritor Sergio Pitol en su más reciente visita a China.
Foto: ©Pilar Jiménez |
Sergio Pitol en China: la infancia y el viaje *
Por Edgardo Bermejo
Publicada el 12 de agosto del 2006 en Escénica 7
Dos palabras nos ayudan a explicar la vida y la obra de Sergio Pitol: infancia y errancia. Para cada uno de ellas hay cabida en el recuento de su oficio como escritor. Desde Victorio Ferri cuenta un cuento, su historia fundacional publicada a los 25 años de edad, hasta El Mago de Viena, que ha aparecido este año en las librerías, la infancia y los viajes son dos aspectos que pasan por el centro de su itinerario intelectual y creativo.
La infancia como destino, como eterno retorno al origen y último territorio de la identidad. El viaje como una prolongación de la experiencia literaria y como parte esencial de la biografía, pues ciertamente vida y literatura forman en Sergio Pitol un todo inseparable.
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Foto: ©Ricardo Ramírez Arriola
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Podemos también trazar su estampa biográfica con base en dos escenas de su vida ligadas a la exploración psicoanalítica. En 1958, en el tiempo que medió entre la conclusión de sus estudios universitarios y su primera estancia prolongada en el extranjero, el joven Sergio Pitol acudió al diván de un psicoanalista, en parte siguiendo la moda de aquel tiempo, y en parte para encontrar respuesta y sentido a una vida sesgada por la orfandad cuando apenas tenía cinco años de edad.
Al cabo de varios encuentros comprendió que su interlocutor podría entenderlo mejor si durante la sesión leía en voz alta su opera prima: Victoria Ferri Cuenta un Cuento, la historia de un niño demencial que comete toda clase de vilezas pensando en agradar a su padre de quien está convencido que es el demonio en persona. Victorio Ferri, el protagonista del relato, finalmente muere ante la mirada regocijada de su progenitor, que de esta forma termina demostrándole que lo detesta. Toda una verdadera perla confesional cargada de significados oscuros y profundos.
Pero ocurrió que al levantar la mirada tras haber concluido la lectura, el joven escritor se topó con el rostro abotargado de aquel infeliz que aprovechó la confesión literaria para tomarse una siesta. Furioso, abandonó el consultorio y tres años después abandonó también el país para buscar la respuesta, las múltiples respuestas de su vida, en la vastedad cosmopolita del mundo.
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Foto: ©Ricardo Ramírez Arriola
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El viaje se prolongó por casi tres décadas: Roma, Pekín, Belgrado, Varsovia, Moscú, Praga y Barcelona, fueron algunos de sus domicilios temporales, en los cuales alternó su trabajo intelectual como traductor, editor y escritor, con la actividad diplomática y la promoción cultural de México en el exterior.
Como diplomático llegó a representar a nuestro país en calidad de embajador. Y al jubilarse, para volver por entero a la creación literaria, dejo tras de sí una hoja de servicios intachable.
De vuelta a México a finales de los ochenta, y al atravesar por un impasse creativo que lo mantenía inquieto e inconforme, reincidió en terapia está vez por la vía experimental de la hipnosis inducida.
Para ello viajó a Guadalajara a fin de ponerse en manos de un afamado doctor que lo condujo por un singular camino hipnótico, el cual permite la posibilidad de asistir consciente a la revelación de los más oscuros rincones de la memoria. Así fue como llegó a la estación más desgarradora de sus recuerdos: la mañana terrible en que presenció el accidente trágico en el que su madre perdió la vida.
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Foto: ©Ricardo Ramírez Arriola
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Tras haber superado el absceso de pánico y dolor, Pitol abandonó el consultorio y poco a poco no sólo sintió un alivio reconfortante, sino acaso la sensación de haber tocado por fin un puerto definitivo, una respuesta convincente a sus pulsos e impulsos, que se prolongaban a lo largo de seis décadas de vida y de errancia.
Al día siguiente regresó a casa para darse cuenta que su escritura fluía de nuevo. Comenzaba entonces la etapa de la plena madurez literaria, un periodo en el que puede abrazar la certeza de haber logrado una obra maestra, indiscutida, singular y celebrada por todos. Me refiero a El Arte de la Fuga, publicada en México en 1996 y una década después traducida y publicada en China.
Sergio Pitol pertenece a la tercera generación de una familia de emigrantes italianos que eligió la región veracruzana para construir ahí su propia versión de la Italia mexicanizada. Es el autor de una obra compacta y muy explícita en su cartografía intelectual, misma que comprende una docena de volúmenes que reúnen cuento, novela, ensayo, crónica de viaje y relato autobiográfico. Como traductor aventajado, introdujo en el panorama iberoamericano a algunos autores fundamentales de la tradición eslava y centro europea.
Sergio Pitol es la figura central de una generación de escritores que se encontraron a la mitad del siglo XX para fundar una nueva modernidad en las letras mexicanas. Hoy día reside en la ciudad de Jalapa, una de las mejores ciudades para vivir en el sur de México, y lo podemos imaginar en su casa, sereno, satisfecho, rumiando sin queja su sabiduría literaria y compartiéndola generosamente con sus lectores y sus amigos, disfrutando con toda la alegría que cabe en el mundo el enorme reconocimiento de haber recibido el Premio Cervantes de Literatura.
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Edgardo Bermejo y Sergio Pitol Foto: ©Pilar Jiménez
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Una cita del poeta y pensador chino Chuang-tzu, me sirve para terminar esta presentación: “El viajero cuya mirada se dirige hacia su propio ser, puede encontrar en él mismo todo lo que busca. Esta es la forma más perfecta del viaje”.
Celebremos los viajes de Sergio Pitol y su regreso a China, 44 años después de que conoció y vivió en este país.
*/ Texto leído en la conferencia magistral de Sergio Pitol en la Academia de Ciencias Sociales de China, Pekín, Junio de 2006
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