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DIOS DARÁ VIDA
Por Fernando Mino
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Foto: ©Ricardo Ramírez Arriola |
Roque miraba el horizonte, el atardecer, como lo había hecho, una y otra vez, durante décadas. Estaba sentado en el postigo del cuarto de adobe deslavado donde nació setenta años atrás. Las montañas lejanas, parecían atrapar la inmensa llanura reseca, polvosa, cubierta por arbustos, espinas y unos cuantos cactos.
Apareció de repente, Roque no lo notó enseguida, sólo cuando estaba a pocos metros. Traía un viejo sombrero raído, una mochila de lona sucia y un pantalón descolorido por el sol y el tiempo. Era joven, pero su andar era de viejo, pausado, lentito, como lo pensó Roque.
-Buenas tardes –Saludó el hombre con una voz clara y pausada-
-¿Cómo le va?
-Ando de paso para Coneto, ¿usted no sabrá por dónde sale el camino?
-Ah que caray, muchacho, anda usté medio perdido. ¿No es usté de por acá?
-No, vengo de lejos y necesito llegar a Coneto. En otro pueblo me dijeron que por Santa Rita salía el camino y aquí es Santa Rita, ¿verdad?
-Ei, pero Santa Rita el viejo, el camino que usté busca sale del nuevo Santa Rita que está del otro lado del camino grande –el viejo Roque señaló hacia el horizonte, por el camino por donde el fuereño había llegado- pero a estas horas no va a llegar siquiera al nuevo sin que le caiga la noche. Había de quedarse pa’ salir mañana al alba. Si quere le presto un petate que tengo ahí.
-Gracias, pero tengo que llegar a Coneto como sea... Sólo permítame pedirle un favor.
-Ei, ándele.
El joven sacó de la mochila una pequeña caja de madera, cerrada, con la tapa sellada por un par de clavos. Roque la tomó con sus manos arrugadas y callosas.
-¿Qué trae dentro, oiga?
-En esta caja hay cosas importantes para mí. Le pido que me la guarde unos días. Cuando venga de regreso de Coneto me la devuelve.
-Ándele pues, acá se la aguardo... Dios que lo ayude.
El joven sonrío y estrechó la mano de Roque, quien lo miró con sus ojos grises por los años. Tomó el camino por el que llegó, con el mismo paso lento, para perderse en un instante. Roque miró la caja, intrigado.
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Foto: ©Ricardo Ramírez Arriola |
Los cactos se expanden por las noches, parece que respiran, absorben la frescura nocturna del desierto. Semejan siluetas, fantasmas que observan en silencio. Una vela mantiene la penumbra dentro del cuarto de adobe del anciano Roque. Bebe café a sorbos de una taza de peltre azul. Sus ojos, completamente blancos e inútiles, están fijos en la ventana, negra y profunda. En un rincón una mujer acomoda una cobija sobre el catre. Su rostro es inexpresivo, apenas una mueca que podría ser una fría sonrisa.
-Ya me voy don Roque, mañanita temprano me vengo a darle su vueltecita.
-Ei... ei... Hasta mañana m’ija.
La mujer toma su rebozo, que descansaba sobre un pequeño ropero. Se acerca a la silla donde yace Roque, junto a la mesa, toca suavemente el rostro del anciano y se inclina para apagar, de un soplo, el cabo de vela que aún queda.
En la oscuridad absoluta de noche sin luna, Roque da el último sorbo a la taza de peltre y se levanta, poco a poco, apenas pueden sostenerlo sus pies. Se apoya en la pared, se acerca al ropero, abre la puerta y saca la caja que hace casi diez años le diera un hombre joven con andar de viejo. Se desploma sobre la cama con la fragilidad de su decrepitud. Sus manos recorren la superficie apolillada de la caja, reconocen cada línea, cada astilla. Incluso siente el frío sabor cobrizo de las cabezas de los clavos. La acerca a su nariz, huele el tiempo y el encierro. La agita, escucha un sonido seco, apenas perceptible de tan cansado.
Parece que fuera un cacto que crece en la oscuridad o que se levanta buscando la tenue luz de la luna. Solo muy de cerca se nota que es un hombre de paso lento, cansado pero seguro, conocedor de la superficie que pisa.
Los golpes en la puerta despiertan a Roque, abre sus ojos perdidos y respira profundo. Sabe que es él, aunque no podría explicar porqué. Se incorpora y espera. Escucha un rechinido y huele el olor ocre del polvo que despiden las viejas y apretadas vigas de la puerta al abrirse.
-Pásele muchacho –dice Roque con la voz quebrada por los años y la emoción. Habla pausado, como masticando cada una de sus palabras.
-Vine por el encargo que le hice un día. ¿Aún se acuerda?
-Ya no lo aguardaba... Desde hace años que ya no lo esperaba.
-¿Cómo sabía entonces que era yo?
-Han de ser los años que cargo... ¿No quere prender la vela? Allí nomás juntito está una cajita con cerillos.
-Gracias señor, he caminado muchas horas en la oscuridad, puedo ver.
-¿Qué ve?...
-Lo veo a usted, veo sus ojos fijos en mí, aunque sé que no me miran.
-Pos ya que ve, tome su caja, m’ijo, está ahí nomás en el ropero... ándele, nomás abra la puertita esa del espejo.
El hombre saca la caja y la mete en la mochila. Cierra la puerta del ropero y se detiene a ver la sombra oscura de su reflejo. Roque lo siente.
-¿Se mira, m’ijo?
-Apenas un poco señor... Ya me voy, el camino es largo para Nueva Santa Rita.
-Había de quedarse, no le vaya a dar un aire o lo vaya a agarrar algún coyote.
-Gracias, la noche es tibia, no hay necesidad.
El hombre se acerca a la puerta, Roque escucha los pasos arrastrados, su andar de viejo, como el suyo hace unos cuantos años apenas.
-Oiga m’ijo... contéstame algo...
-Dígame señor.
-¿Qué traiba en la cajilla?... –respira hondo, de repente le asalta una certeza- A lo mejor si lo aguardaba... nomás pa saber que traiba.
El hombre toma su mochila y mete la mano. Piensa un par de minutos, sonríe.
-¿Qué se le figura que trae?
-Desde que me la dio no he dejado de afigurarme que sería... ¿pa qué me la habrá dado?, decía, y me inventaba cosas... fíjese... ahora sé que nomás pa eso lo aguardaba... pero...
Los ojos de Roque se humedecen, el forastero no lo ve, pero parece que lo sabe. Roque se recuesta lentamente, agotado.
-¿De veras quiere que le diga que hay en la caja?
-Que Dios lo ayude, m’ijo... que Dios me lo ayude...
-Ya vendré un día y le contare que hay en la caja.
-Si Dios nos da vida, muchacho... Pero no deje de venir, Dios dará vida mientras haya cosas que imaginar.
Mientras el hombre se confunde con los cactos cubiertos por la negrura de la noche, el anciano Roque imagina y sueña.
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