|
Pina Pellicer
Foto: ©Gabriel Figueroa |
El hallazgo
Pina Pellicer por Roberto Gavaldón
Por Fernando Mino
Un plano medio la muestra mirando, de perfil, por la ventana. La luz baña su rostro y lo libera de las tinieblas de la choza. La perfección de la encarnación de la tierra ha sido conseguida. Pina Pellicer sienta los pies en el celuloide mexicano. Después vendrán los premios, su viaje a Hollywood, del brazo de Roberto Gavaldón, a la ceremonia del Óscar; su segunda cinta con ese director, el que mejor supo tratarla en su efímera carrera cinematográfica; su búsqueda por ser “estrella”, promesa que sólo ella misma logró romper, con la misma contundencia con que dejó fluir los diálogos en esa primera aparición en el cine mexicano de finales de los años cincuenta.
El hallazgo no puede atribuírsele del todo a Gavaldón, ya antes Marlon Brando y compañía la convirtieron en el rostro impenetrable de la única cinta dirigida por el actor icono. Lo que sí consiguió el mexicano fue hacer de Macario una cinta de arquetipos, alegórica, elaborada, suntuosa, espectacular y llena de detalles al gusto del esteta, del más clásico de los cineastas que ha dado México, quien además logró con un closeup darle nuevo rostro a la tierra. Anhelo sólo alcanzado antes por los tiernos y pasivos ojos de venada de Columba Domínguez en Pueblerina. Ojos que, pese a la vehemencia del Indio Fernández, se desdibujan ante la pasión y la fuerza de la mirada activa de Pina, agazapada detrás de unas cejas firmes y tupidas, acentuadas por la contraluz de la cámara de Gabriel Figueroa al asistir al lamento de Macario en el crepúsculo de la choza en la loma, páramo hermoseado por los brazos yertos, inanimados, retorcidos y secos, de un árbol.
Pina Pellicer parece ser creada para convertirse en la cúspide del mestizaje -mirada indescriptible y voz ambigua: tierna y grave, ingenua y firme a la vez-, la tierra que avanza del entorno rural, cercano a la herencia indígena, a la ciudad inhóspita, sendos escenarios en que desarrolló sus personajes para Gavaldón.
En la memoria se entrelazan los recuerdos de esas dos creaciones de Pellicer. Más bien es que se trata de una sola, la encarnación primigenia, original; arquetipo que no logra mantener su pureza al trasladarse a un nuevo espacio, el que corta las raíces, el de la civilización que desencadena los dramas al gusto del director.
En Macario, Pina es el ancla asida a la realidad, la que le cumple el capricho al marido y, maternal, le entrega el guajolote listo para que se lo coma solo (“yo también he querido algo para mí sola, para no darle a nadie más, ni siquiera a ti”, le dice). En Días de otoño, la cúspide de la promesa desbarrancada por la determinación existencial, Pina es la ingenua desarraigada y subvertida por la ciudad. Sonrisa enigmática y ojos inundados por la más insólita tristeza dan cuenta de su soledad constructiva, transgresión que hace de la libertad recurso supremo. Perversa, se inventa un mundo alterno donde el marido y el hijo cumplen el anhelo confesado en Macario: una realidad para ella sola, para no compartir con nadie. La exquisita e inusual feminidad de Pina (construida en los terrenos andróginos de la abolición de los roles de género en favor de la auténtica sensualidad sensorial) hace entrañables a sus personajes y, drama mediante, los transforma en imágenes desoladoras, premonitorias, emparentadas con la muerte.
Gavaldón encontró en esa mujer, expresiva a flor de piel, el aliento para renovar su obra transgresora, revolución de su vocación dramática y narrativa. La pérdida de la actriz fue también la de uno de los directores más perfectos del cine mexicano, huérfano de un rostro dado a la implosión, a la transgresión interna, intimista, camino nunca vuelto a andar por el veterano director en sus trabajos postreros.
Pina Pellicer, más allá de cualquiera de sus creaciones fílmicas, es un arquetipo que la vida arrancó a tiempo, antes de convertirse en estereotipo, destino irremediable de las estrellas de cine.
Sobre Pina Pellicer (1934-1964) está por aparecer un interesante libro bajo el sello de la UNAM: Luz de tristeza, de Reynol Pérez Vázquez.
Click para dialogar por correo con Fernando Mino
mino.fernando@gmail.com |