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Con-textos /Columna Mixta
 

Foto: ©Ricardo Ramírez Arriola / www.escénica7. com

Zapping, de Andrés Ramírez
Por José Manuel Mateo

Lo ya visto, sucesiones de sueños dentro de sueños o recuerdos, mismos-temas, conciencia de que no hay luz divina para dar testimonio de lo humano, eso, me parece, es el centro de este libro de Andrés Ramírez, poeta y editor nacido —si hemos de creer en la ficha biográfica de su segundo libro— en Santa Coatlicue, Guerrero, allá por 1972.
Andrés se detiene en el umbral de lo doméstico-distinto para dar testimonio de ese esto de aquí que resplandece suciamente cuando somos capaces de entrever, de espiar en la penumbra. La profundidad reflexiva de muchos de sus poemas inmediatamente nos hace preguntarnos por qué titular el conjunto con la designación de esa práctica detestable —incluso para quien la ejerce— que consiste en cambiar una y otra vez el canal de la televisión empleando el control remoto.
El zapping, en un primer momento, deja constancia de que la multiplicidad de opciones deriva en el hastío, en una acción automática que nos mantiene sumergidos en una suerte de vida latente sin inteligencia. Es un “ir y venir sinsentido”, “velocidad y más velocidad” que termina por arrojarnos en una visión apocalíptica resistente a toda “alquimia que despierte”. En un segundo momento, este modo de ser televidente también sugiere una especie de abandono del yo, o bien, una confrontación con eso que tenemos la ilusión de ser. El zapping abre un vacío donde la iluminación no se alcanza y en cambio los terrores cobran cuerpo. En el televisor, Babilonia “luce atravesada/ moribunda y enferma”, y la gran ciudad lo mismo puede ser la imagen de la humanidad que del individuo inmerso en el ejercicio de la vida como propiedad privada.

Foto: ©Ricardo Ramírez Arriola

La noche, atravesada por la luz que brota del televisor, por ese “resplandor que ciega”, ya no parece envolver ninguna revelación trascendental. Las certezas del místico Juan de Yepes se ven rotunda y reiteradamente negadas. Sin embargo, persiste en la configuración poética de Andrés una actitud solidaria del misticismo que subrepticiamente va incorporándose a los versos. En “Escepticismo revisionista”, declara con firmeza que los relámpagos “no transforman/ sólo ocultan, esconden, envenenan”. No hay “tal luz”, dice, que mane de ninguna fuente escondida y “sólo la sangre palpita inmortal”. Tal fluido, aun cuando en este poema busca oponerse a lo trascendente, se mantiene arraigado en la órbita espiritual gracias, precisamente, al adjetivo. Y podría añadirse que la sangre, aun cuando se integra a una formulación escéptica, no alcanza a desprenderse de su asociación con los símbolos del cristianismo. Más adelante, “Guadalajara en Semana Santa” pone el acento en lo fácil que resulta atestiguar la ponzoña que rezuma el mundo y lo difícil que se revela “descubrir el sucio resplandor humano”. Basta un dolor “para ver que la azucena sangra”, pero falta honestidad para sufrir semejante verdad, concluye el poema. En efecto, no hay luz que surja de fuente divina pero sí un brillo de procedencia humana y signo negativo que se esfuerza por pervivir. En “Mismos temas” el poeta se pregunta si no es “tiempo de hurgar en el fondo y hallar la mentira,/ manantial de acusaciones místicas”. Pero a esta pregunta le acompaña la siguiente: “¿Dónde está, en fin (en fin), ese valor/ esa ruptura sin sosiego, el despertar?” Al rechazo de la mística le sigue una postura que busca la finalidad que dé sentido o valor. No se alza la voluntad de conocer lo humano (porque al parecer la gente se halla marcada por el signo del desahucio), sino el reclamo de concluir este mal sueño que se llama existencia, en su doble perfil individual e histórico.
Cruza por casi todos los poemas la plena convicción de nuestra incompetencia para amar, y se reitera esa condición nuestra de seres insulsos: “brutos, ignorantes, sin chiste”. Y de ahí parte la reflexión, la búsqueda a través de la mirada, que lo mismo se dirige al yo que a lo circundante. En los poemas de Andrés hay una búsqueda inmóvil, una voluntad de permanecer frente a una luz aletargante para desafiar su poder hipnótico. Joaquín Sabina habla con humor del “budismo zen de la tele”. En Zapping no hay espacio reservado para la broma. Su intención anti trascendental se construye con severidad y aspereza, pero tal vez a su pesar asume actitudes místicas próximas al cristianismo y a las tradiciones orientales. “No llegaré,/ como dice el taotekin,/ con los ojos en blanco:// espiaré desde la penumbra”, se advierte. Con ello, me parece, Andrés niega la posibilidad de obtener revelaciones y confía en el camino de la meditación heterodoxa.
***
Libros de Andrés Ramírez
Zapping, México, Universidad de Guanajuato, 2006.
En nuestros ojos, México, Universidad Veracruzana, 1997.
Un canto para los navegantes, México, Universidad de Zacatecas, 1992.

Contacto con José Manuel Mateo
obranegra@yahoo.com
obranegra@prodigy.net.mx

 



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