PARAISO AHORA Por Carlos Bonfil Con las horas contadas. Un par de amigos palestinos, Said (Kais Nashef) y Khamel (Ali Suliman), mecánicos de profesión, aceptan la misión de inmolarse como bombas humanas en Tel-Aviv. Para realizar el atentado tienen apenas cuarenta y ocho horas. Su motivación primera es protestar contra la ocupación israelí de los territorios palestinos; la segunda y definitiva, alcanzar la salvación eterna mediante un acto de heroísmo. En Paraíso ahora (Paradise now), coproducción palestino-holandesa-franco-germana, el realizador de origen palestino Hany Abu-Assad, nacido en Israel y radicado en Holanda, plantea, en el marco de un thriller político, una cuestión moral básica: ¿qué tan válida es la condena de la violencia terrorista sin la consideración del estado de cosas que la genera? El asunto es tan delicado que no sólo ha provocado una fuerte controversia entre espectadores israelíes sino también entre los propios palestinos, y de ahí ha producido también, a raíz de la nominación del filme al Óscar de la Academia como mejor producción extranjera, un intenso cabildeo de judíos norteamericanos para que la película no fuera aceptada en dicha categoría. Finalmente, el premio se le concedió a la sudafricana Tsotsi, de Gavin Hood, lo que despertó la sospecha de que Hollywood hubiera deseado en último momento no contribuir a exacerbar aún más los ánimos. Al margen de estas suposiciones, persiste una evidencia: Paraíso ahora es una cinta valerosa, ciertamente polémica, cuyas perspectivas comerciales son escasas.
Uno de los propósitos más arriesgados de la cinta es romper de tajo con la representación tradicional del terrorista como un ser esencialmente perverso, movido por motivos “inconfesables”, cuyo desprecio por la vida humana es tan absoluto y delirante como el fanatismo que lo provoca. Y proponer en suma el retrato del terrorista como un “combatiente de la libertad” o de un “mártir”. De ahí a elaborar la apología del terrorismo, sólo hay un paso. Un paso que Paraíso ahora se niega resueltamente a dar. Para evitar caer en esta distorsión nueva, Abu-Assad evita justamente el maniqueísmo en boga, la caricatura socorrida de un “eje del mal” que generaría demonios incontrolables, y con ello actos de violencia irracional. El realizador expone, para ello, una notable variedad de puntos de vista: las vacilaciones morales de los personajes centrales, renuentes en un momento a dado a realizar la misión encomendada; la perspectiva también moral de Susha, la novia de Said, quien aboga por una solución pacífica del conflicto, evitando que los “combatientes por la libertad” se asemejen con acciones criminales al mismo agresor criminal que condenan ---postura similar a la que expresa la joven protagonista de Buenos días, noche (2003), el film de Marco Bellocchio sobre las brigadas terroristas que en 1978 secuestraron a Aldo Moro, dirigente italiano del partido Democracia Cristiana. El énfasis en este personaje femenino, y en la interminable resaca existencial de Saíd, potencial bomba humana, de pronto vacilante, marcan con claridad la postura del director palestino y su guionista Bero Beyer. Tan injustificable es el acto terrorista como el terrorismo de Estado que prolonga la ocupación de los territorios palestinos. Añade el director en una entrevista. “Los israelíes piensan que son víctimas, pero no lo son. Quisieron crear un estado judío en un lugar donde no había judíos. ¿Cómo es posible lograr esto sin sojuzgar a la población local? Ignoro cómo sería posible mantener un estado judío sin oprimir a los palestinos”. Esta postura explícita, abiertamente militante, no adquiere sin embargo en la película un tono panfletario o solemne. Todo lo contrario. Abundan los detalles humorísticos, como la inclusión en la crónica detallada de los preparativos del atentado, las escenas que muestran la elaboración y difusión de videos pirata que construyen la imagen del luchador mártir, o exhiben la ejecución de los palestinos colaboradores con el enemigo. Las interpretaciones son aquí notables. El humorismo es contrapunto dramático en esta historia de violencias indefendibles. Susha, la joven árabe humanista, educada, como el propio realizador, en Occidente, hace un alegato por la paz inalcanzable: el acto terrorista es injustificable porque coloca en un mismo plano al oprimido y al opresor, perpetuando así un círculo vicioso de violencia y descalificaciones mutuas. No es mérito menor que un realizador palestino se aventure a expresar lo políticamente incorrecto y a sacudir de paso las inercias de los criterios fundamentalistas en ambos bandos. Ciertamente, la película habría ganado en suspenso, y justificado plenamente su carácter de thriller político, sin el énfasis en estas consideraciones morales, pero el palestino Hany Abu-Assad ha tomado sus distancias con los cálculos mercantiles y la astucia de un Spielberg (Munich), y ya se perfila como uno de los directores más interesantes del cine palestino actual –muy al margen de lo que está dispuesto a respaldar hoy el cine de mayorías.
Regreso a Cinéfilos
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