C.R.A.Z.Y
Por Carlos Bonfil Crazy, añada usted los puntos intermedios, es el largometraje más reciente del director quebequense Jean-Marc Vallée (La lista negra, 1995), y probablemente el estreno más popular en Québec desde La gran seducción (Jean-Francois Pouliot) y los retratos generacionales de Denys Arcand, La decadencia del imperio americano y Mis últimos días (Las invasiones bárbaras). El título es el acrónimo de los nombres de los cinco hijos de la familia Beaulieu (Christian, Raymond, Antoine, Zachary, Yvan), y también la referencia a un éxito de la cantante country de los años cincuenta Patsy Cline, ídolo del paterfamilias Gervais (Michel Côté), quien colecciona religiosamente sus discos. La crónica doméstica inicia en 1960, una noche de Navidad, cuando nace con dificultades Zac, cuarto hijo de la familia Beaulieu, cuya infancia y adolescencia serán el tema central de la historia. Crazy alude a cuatro décadas de la historia de Québec, desde los años de la revolución tranquila hasta el referendum independentista, sin hacer énfasis en los acontecimientos políticos, pero capturando acertadamente el clima cultural de la principal provincia francófila de la nación canadiense. Hay una imagen fugaz del líder René Levesque en la televisión, el año de la victoria del partido quebequense. El resto es una notable recreación costumbrista de un suburbio de Montreal, con una pista sonora que incluye a los Rolling Stones, Pink Floyd, David Bowie, y naturalmente a Patsy Cline y a Charles Aznavour, un fetiche más de Gervais, quien imita su voz en cada Navidad para fastidio y deleite de la concurrencia familiar.
Crazy relata la educación sentimental del joven Zac (Marc André Grondain), quien desde niño revela a su padre escandalizado y a su madre conmovida, sus claras tendencias homosexuales. Sin la provocación de Desayuno en Plutón (Neil Jordan), sin la estridencia de Velvet Goldmine (Todd Haynes), y sí con toda la culpa que un Québec católico puede infundir en el ánimo impresionable de un niño modelo, Zac adora a su familia, y en particular al padre consternado que improvisa mil estratagemas para cambiar el curso de una fatalidad pretendidamente genética. El drama, y también el sustento cómico, de Crazy es el vano esfuerzo por imponer a Zac los valores de la masculinidad convencional, los intentos del protagonista adolescente por reprimir su orientación sexual y satisfacer así al padre idolatrado, y el acuerdo final que es sello de tolerancia en los años de una madurez moral compartida. Una crónica de cuarenta años, melancólica y divertida, con momentos de evasión fantástica en los que Zac imagina a los feligreses de una iglesia coreando felices Simpatía por el diablo, de los Stones. Zac, nacido el mismo día que el niño Jesús, posee, según su madre católica, dones sobrenaturales, detiene el sangrado, cicatriza las heridas, podría sanar a los enfermos. No participa de los entusiasmos atléticos de sus hermanos y se apasiona por David Bowie, a quien imita fervorosamente; simula tener una novia, aunque suspira por el novio de su prima. Personaje camaleónico, seductor profesional, busca en Oriente, en Estambul, la clave de su estabilidad emocional, siempre “al filo de la navaja” (Somerset Maugham). Su trayectoria personal, hecha de autoescarnio, desencuentros familiares y conquistas tardías, es, a su manera, reflejo de una historia mayor, la de Québec y su infatigable defensa de una singularidad cultural. Es probable que esta película exitosa encuentre pronto una distribución comercial en México.
Regreso a Cinéfilos
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